dilluns, 22 de gener de 2018

UN SIMPLE REMATE DE CABEZA



Víctor tiene 16 años y se levanta del sillón cada vez que Guedes, Messi o Dybala se deleita con el balón. Comenta con sus amigos, después de cada partido, el gesto técnico de Neymar y se emocionan con el espectáculo que les brindan los jugadores. Es su pasión, las jugadas endiabladas les motivan, su niñez y su adolescencia está marcada, entre otros aspectos, por esos sentimientos futboleros que les transmiten ideas, conceptos y valores.

Su abuelo tendría ahora 71 años y disfrutaba hasta no hace mucho viendo las diabluras de Ronaldinho y las filigranas de Zidane. Como también se incorporó de su butaca para aplaudir a Cruyff, tras rubricar momentos para los anales de su deporte, o para ovacionar a Claramunt cuando ya hacía en los años sesenta lo que Iniesta ofrece hoy. Aunque Vicente, que vibró con Kempes y celebró cada pase y cada gol de Don Fernando Gómez Colomer, era más de jugadores como Ángel Castellanos o Fernando Barrachina.

Con un Celtas en sus huesudos dedos, con un halo de humo alrededor de su abundante pelo color azabache y tosiendo con fuerza previamente. Así empezaba mi padre sus historias. Solía irse por las ramas, algo que he heredado, pero cuando hablaba del Valencia se centraba. Un aficionado ejemplar, no era anti-nadie, criado por un maestro republicano.

Su niñez y su adolescencia no fueran tan laxas como las de Víctor. Ni de lejos. Pero lo que le excitaba del fútbol entonces, formó también su carácter dándole forma a sus valores. Las experiencias se transforman en recuerdos y anécdotas y, cuando nos marcan, las conservamos por mala memoria que tengamos. Y mi padre, mientras golpeaba el suelo con sus zapatos de forma rítmica, dejaba caer la larga ceniza acumulada en el cenicero y jugueteaba con su zippo entre sus dedos y la mesa, me contó en varias ocasiones una historia que siempre me gustó y hoy aprecio y entiendo aún más.

Yo alucinaba cuando mi padre hablaba de Ansola. Sin saberlo, Fernando Ansola –fallecido tristemente el año del descenso ché- nos imprimió a mi padre y a mi (gracias a la transmisión de su recuerdo) una huella en nuestra forma de ser.
  • ¡Y volvió a salir con la cabeza vendada y marcó un gol de cabeza!- decía mi progenitor, que acostumbraba a tener el semblante serio pero que sonreía ufano, con la cara iluminada, cada vez que contaba el relato de aquel tanto valencianista. Podía ver en sus ojos la repetición del gol.
El deporte, entendido como tal, no es más que otra expresión de la sociedad que nos puede formar tanto practicándolo como viéndolo. Puede transmitirnos superficialidad o coraje, perseverancia o soberbia, empatía o animadversión, honor o desidia. Y, como el arte, nos hace sensibles a un tipo de elementos u otros.

La garra de Ansola, el trabajo de aquel delantero tosco y fuerte, le llegó a mi padre desde bien joven. En 15 años de carrera (de 1960 a 1975), el vasco anotó en 130 ocasiones. Delantero centro puro, un tanque que llegaba a todos los balones y cuyo remate de cabeza era temido. No podías pedirle grandes cosas con los pies, pero cumplía con su labor de llevar por la senda del triunfo al Valencia.

El partido que me narraba mi padre, el que vio en Mestalla ante el Barça, bailaba por mi cabeza junto con los cuentos de El libro de la selva o Aladdín, hasta que hace unos años, documentándome, leyendo y buceando por Internet, di con noticias, crónicas e información sobre él. Me hubiera encantado volver a hablar con mi padre de aquel encuentro tras aquello. Hubiera sido un buen invitado para el programa de ‘El Museo’ que realicé en Amunt Radio. Más de una vez, hablando con coleccionistas en el estudio, acababa mentándole a él o a las historias que me ha legado, siempre tratando de no corromper el mensaje implícito que me trasladaba con la narración: lucha, honor, lealtad, trabajo. Por encima de lo vistoso, la entrega y el resultado. Porque dependiendo de cómo contamos algo podemos dar un mensaje u otro.

La historia de un club la hacen los aficionados y ambos estamos orgullosos de aquella frase del fotógrafo valencianista Finezas: “Cuando Ansola choca contra un poste, en lugar de los camilleros salen corriendo los carpinteros”.

1 de enero de 1967. Porque antes no había parón de Navidad. Cinco de la tarde en Mestalla. Mundo dirigiendo al conjunto local, Roque Olsen a los visitantes. Con el empate a cero Guillot se estampa contra una valla publicitaria tras chocar contra un defensa culé y sale malparado del encontronazo. Poco después Ansola se golpea contra el palo intentando rematar un balón y se lesiona. Se retira con la cabeza sangrando y la segunda parte tiene que empezar sin él.

Aquí mi padre hacía una pausa para explicar que en 1967 todavía no se podían hacer sustituciones (en el 69 se empezó a poder sustituir a un jugador en caso de lesión, en los 70, tras el Mundial, se amplió a dos jugadores y con la posibilidad de hacerlo por razones tácticas y ya en los 90 llegaron los tres cambios actuales. Aunque previamente fueron dos más portero). De esta manera hacía hincapié en que el Valencia tenía que jugar con uno menos contra el equipo de la ciudad condal.

Pero pasados ​​unos minutos del segundo tiempo, Ansola volvió a entrar al campo con la cabeza vendada y con manchas -secas- visibles de sangre en las vendas. Poli marcó el 1-0 y el vasco, pese a su lesión, no se amilanó y remató un balón colgado al área para marcar con la cabeza el segundo para los valencianistas. Un tercer gol, a falta de cinco minutos para el final, llegaría gracias a Waldo. 3-0. La historia dice que fueron dos puntos para el equipo de la ciudad del Turia, pero hay otras historias detrás de esa historia. La de un delantero que no hizo florituras, simplemente salió, saltó y remató pese a los puntos recibidos en la testa. La de una afición que se rindió ante el compromiso y la valentía del ariete.



Álvaro Coll. Periodista

dilluns, 18 de desembre de 2017

PEPE VAELLO, UN DELS NOSTRES




Ens ha deixat un gran valencianista, Pepe Vaello, tal vegada una de les persones que, sense haver format part del primer equip ni de la directiva del club, més coneixien com era el València CF.

Pepito, es va convertir en el seguidor més fidel del club, va ser un més dins l'expedició de l'equip. En molts desplaçaments es va convertir en el delegat de l'entitat, l'home bo que igual servia per a pagar els hotels, com per anar a rebre als nous fitxatges del club. I tot ho feia sense rebre cap remuneració, sempre es va pagar tots i cadascun dels seus viatges per anar a vore al seu València allà on jugara. I en eixos moments es va convertir en amic-confident-conseller de molts jugadors, alguns dels quals el continuaven considerant un dels seus, fins i tot un segon pare.

Pepe, va viure en primera persona els anys de glòria de la Copa-Recopa-Supercopa així com els anys de plom que acabaren en el descens a segona. Mai abandonà el vaixell, sempre va ser fidel a uns colors i a uns sentiments.

Ara ja no estàs entre nosaltres, tirarem a faltar les teues vivències, sobretot aquelles que per respecte al club i als seus protagonistes mai contares.

Descansa en pau Pepito, has sigut molt gran.



                                                                   Últimes vesprades a Mestalla

divendres, 24 de novembre de 2017

GRÀCIES JAUME



En estes hores es fa difícil parlar de la figura de Jaume Ortí, de tots es coneguda la seua trajectòria al capdavant del nostre València CF. Tots recordem la primera lliga guanyada després de tants anys, la magnífica temporada del doblet amb altra lliga i la copa de la UEFA, el triomf a la Supercopa europea disputada a Mònaco (amb la desternillant anècdota que protagonitzares amb el príncep Albert al descans) i la designació del nostre club com a millor equip al 2004.

Si a nivell esportiu el club va viure una brillant etapa, a nivell social es van viure dies d’intrigues i egos que acabaren amb la teua renuncia a la presidència. I paradoxalment, en eixe moment, te convertires en el PRESIDENT, amb majúscules. No tenies les accions, però tenies l'estima i el carinyo de l'afició, del verdader poble de Mestalla.

El teu valencianisme te feia participar en qualsevol acte on es parlara del nostre club, no era estrany vore't a les assemblees del club, als diferents fòrums Algirós o en presentacions de llibres.

La teua generositat i bonhomia et feia anar allà on se te demanava i ahí és on els membres d'este blog hem d'estar-te agraïts. Quan ja fa uns anys presentarem el primer volum del llibre “Últimes vesprades a Mestalla” a benefici d'Elvira Roda, no dubtares ni un moment en formar part de l’event, fins i tot refusares el llibre que volíem regalar-te en agraïment i te'l comprares sense dir-mos res. Encara no fa un any, presentarem el segon  volum, i de nou estaves amb nosaltres, recolzant la nostra iniciativa. Per totes estes coses i moltes més, gràcies bonico. 

Per sempre, el nostre PRESIDENT.


                                                                          Últimes vesprades a Mestalla

dimecres, 25 d’octubre de 2017

MEMORIAS DEL VIEJO GOL GRAN, EL CAMINO INVERSO



Folclore de la grada Gol Gran. VCF-At.Madrid. Temporada 1995-96.

Leí las memorias de Joaquín Maldonado en un momento de crisis severa. En el retiro espiritual de mi padre, en el Perellonet junto al mar Mediterráneo, bajo un banderín del Valencia C.F. y la atenta mirada de un recuerdo fotográfico de mi viejo junto a Alepuz, ex-jugador del Deportivo de La Coruña y presidente del colegio valenciano de entrenadores de fútbol. Eran Tiempos revueltos. El culebrón del verano discernía sobre el proceso de la venta del club. Para unos, una traición al sentiment, para la banca la venta de un activo tóxico, y para otros la mayor transacción planetaria del fútbol mundial.  

Regresar al pasado a veces no es fácil y narrar en primera persona un pedazo de historia personal vivida en la gradas de Mestalla tampoco lo es. Es incluso hasta punzante. Había caído Don Arturo Tuzón por la némesis de un nuevo lobby abonado a la fanfarronería y al discurso fácil. Pasamos del naranjazo al ladrillazo (años más tarde de l´equipasso al batacasso). 

Me refrescó la memoria volver a leer el magnífico relato " La balada del Bar Torino " escrito por mi amigo y compañero de grada Rafa Lahuerta Yúfera. Rafa siempre ha sido una enciclopedia vasta de datos y fechas, y memorable ha sido siempre su aportación al valencianismo literario. Le avala la modestia del anti-héroe. Al día siguiente de la toma de posesión del nuevo terrateniente de Mestalla, Paco Roig, nos reunimos Gonzalo Mora, Rafa Lahuerta, Javier Galdón y Pedro Nebot. "Gol Gran se cocinaba en los fogones del Bar los Toneles un día 10 de marzo a la sombra de la estación del norte, obra del brillante arquitecto Demetrio Ribes. Me viene a la memoria un reflejo de como Rafa jugaba con un bolígrafo dibujando en una servilleta del palacio del calamar "Gol Gran”. El nuevo proyecto se ponía en marcha a escasos metros de la desparecida bajada de san francisco, el origen del valencianismo. 

El traslado al fondo sur de la peña Lubos y el resto de jóvenes hinchas del fondo norte requería unos trámites burocráticos, se abría un nuevo Valencia de oficinas y despachos segregado en departamentos especializados gracias a la modernización de las nuevas estructuras del club. El interlocutor con el club fue Don Antonio Company (R.I.P) risueño, afable y con don de gentes, hombre fuerte en la campaña de Paco Roig. Algunos vieron la puesta en escena de la nueva grada Gol Gran (Lubos) en su primera temporada como en tiempos de República. El Mestalla de las dos gradas de animación. "Los rojos y los azules “. El Gol Gran frente al Gol Xicotet. Se equivocaron. Mismo ADN pero diferente actitud. Aunque años después algún bocachancla radiofónico nacido y bautizado en la pila del bautismo de la corporación rogista, llegó a vaticinar que Gol Gran era un fondo marxista. Grave error. Daniel Le Breton escribió que liberado de tradiciones y costumbres cada ser humano se convierte en su propio dueño y sólo debe rendir cuentas a sÍ mismo. Rescato y destaco las palabras que definieron los principios fundacionales. "Seríamos más bien una plataforma de jóvenes valencianistas con ganas de animar al equipo sin alardes de violencia ambiental. No racismo. No homofobia. No nacionalismos. Por contra potenciaríamos al máximo la historia del club.

Una de las claves para el buen funcionamiento orgánico de la grada fue la independencia económica. Sin jerarquías. Ni subvenciones a los desplazamientos ni a los tifos. Nunca estuvimos en venta. Optamos por el camino inverso a la radicalización ambiental. La desradicalización. Y así empezó todo. 

La renovación estética de la fachada del gol sur quedaba marcada por una arquitectura apoyada sobre dos pilares: El blanquinegrismo y el bilingüismo. Un regreso al Bar Torino. Un guiño a la memoria histórica del club. Ante la incomprensión general de un sin fin de socios y aficionados que durante muchos años vivían el fútbol apasionadamente en la grada sur sin apenas animación y colorido, debutamos un Valencia-Sevilla. Habíamos usurpado su espacio natural, su hábitat. Y eso, que era una grada abonada a las peñas, Arrós Caldós, Toni Lambada, Carrilers, Penya Politécnica, entre otras. Lo que en su día no supieron proyectar los políticos valencianos, construir la "Gran Valencia" o bien el museo del folklore, proyecto fallido, lo hicimos nosotros en apenas una temporada y en una grada. El fondo central de la vieja general se pobló de banderas blanquinegras, banderones tricolores, minibanderas, bufandas, una fusión al estilo más canalla de Ricard Camarena amenizado por cánticos populares y temas valencianos. Supimos remar en una sola dirección matriculando a los más entusiastas del fondo sur en la universidad Gol Gran y dejando de lado, egos y fantasmas del pasado. Fuimos más de letras que de ciencias, fuimos los poetas de la grada....

Endavant Gol Gran. No continuará.

Pedro Nebot (Fundador Gol Gran) 


dilluns, 16 d’octubre de 2017


ACEQUIAS Y RAILES.


A Clara.

Éramos adolescentes y en nuestro barrio no echaban ninguna de James Dean. Nos habían cerrado el Mavis allá por 1985.

Fue jodido aquel año sin fútbol de primera ni pelis de reestreno.

Crecíamos pasando las tardes entre descampados en los que futbolear y aquellos recreativos que por la luz que inundaba todo el local habíamos bautizado “Los verdes”.

Vivíamos en la frontera, y por ella, haciendo equilibrio sobre los raíles del Trenet, atravesábamos el puente que desembocaba en el Semáforo de Europa. Luego nos desviábamos a la derecha, cambiando raíles por sendas sobre acequias hasta llegar al Instituto.

Allí cerca, decían que estaba el mar pero nosotros éramos más de la grada que llevaba su nombre, por la que cada día desde 1923 amanece Mestalla.

También rodeaban al Ramón Llull huertas y acequias.

Cuando lanzábamos el balón por encima de la valla del Instituto, tenías que ser rápido para evitar que cayera sobre el sucio caudal de alguna de ellas. Había un punto al partir del cual, entre la maleza y las cañas era imposible seguir su pista.

Recuerdo que una vez, escondido entre aquella flora anárquica y salvaje, descubrí a un drogadicto en el momento justo en que se inyectaba la jeringuilla. Me quedé mudo mirándolo. El mono no le impidió notar el susto en mi cara y me señaló dónde se encontraba el balón. Apenas me dio tiempo para darle las gracias, cogerlo y salir pitando.

Todo lo que quedaba de recreo y de partido, en aquella época eran sinónimo, no toqué pelota, no me quitaba la imagen impactante de aquel sudoroso chaval con ojos enrojecidos.

De ella sabía que vivía más allá de donde yo dejaba la vía para desviarme al sendero de las acequias, en una especie de isla perdida, que era de familia humilde y que debía conservar sus libros en buen estado para que lo heredaran sus hermanos. Los míos estaban repletos de escudos y alineaciones del Valencia.

Como algunos amiguetes del cole, bendita EGB, continuaron conmigo la carrera estudiantil en aquel Instituto, ya me precedía mi fama de irremediablemente che. Una fama que al poco tiempo certificaron el resto de nuevos compañeros.

Los días que tocaba religión, como el profesor era mayor y corto de vista, aprovechábamos en las últimas filas para hacer papelitos. Durante la semana habíamos ido recopilando periódicos, qué buena calidad tenía el papel de la Hoja del Lunes, para recortarlos concienzudamente y lanzarlos en Mestalla los fines de semana que jugábamos en casa.

Ella, tan ajena y lejana al fútbol y al Valencia, un día se ofreció a ayudarnos en la tarea. Fue el día que comencé a mirarla distinto y al parecer, como me comentaban los cabrones de mis amigos, como ella ya llevaba mirándome a mí desde principio de curso.

Y yo qué mierdas sabía de esas cosas. Podía hablar de si el planteamiento  de Espárrago era bueno o malo, de si Fenollet y su zurda iban a marcar época en Europa, de si Arias era el jugador más elegante del mundo sacando el balón, de si Fernando era rapidísimo en contra de lo que la mayoría de gente opinaba, porque un segundo antes de recibir el balón ya sabía dónde lo iba a poner y lo ponía… y yo qué sabía de lo que se me cachondeaban los capullos de mis amigos.

La temporada estaba resultando perfecta, la tercera en primera tras el nuevo kilómetro cero del descenso y casi sin darnos cuenta nos habíamos metido muy arriba peleando con los de siempre, disputándoles un terreno que el Dios Fútbol con la inestimable colaboración de la Liga de Fútbol Profesional les tiene reservados.

Así fue avanzando la temporada y el curso, experimentando cosas que nunca había vivido, ni en fútbol ni en amores, yo que me había forjado como valencianista en el desierto de la segunda, ahora coqueteando con los primeros puestos de la Liga y con la más guapa de la clase.

Apenas faltaban tres jornadas para acabar la temporada cuando un amigo de Benimaclet, me dijo que no podía venir a Mestalla porque sus padres se lo llevaban de boda de un pariente a Mallorca, y querían aprovechar el viaje para estar toda la semana de vacaciones.

Se ofreció a dejarme su pase. Tuve varios días para elegir a quién ofrecérselo.

Fue a mitad de clase de pretecnología cuándo Dios me echó una mano como al Diego se la había echado en el Azteca cuatro años antes:

“¿Te gustaría venir el sábado a Mestalla?”. 

A mitad de frase contestó que sí.

Creo que de primeras entendió “a cenar” porque luego la conversación no me cuadraba. Decidí evitar equívocos y aclaré que jugábamos contra el Tenerife a las diez y media de la noche.

No sé si se llegó a desencantar por no resultar mi ofrecimiento tan romántico pero mucho más madura, aparte de guapa que yo, supo comprender que la invitaba a lo que para mí era lo más sagrado.

Ganamos dos a uno con goles de Fernando.

Dos jornadas después, despedíamos la temporada con un 4-0  (hat trick incluido de Cuxart) a nuestros hermanos del Logroñés y alcanzábamos el subcampeonato de Liga por debajo del Real Madrid y por encima del Barcelona y Atlético.

Así acabó la Liga y tres semanas después el curso.

Ella se marchó a Barcelona con su familia por tema de trabajo de su padre que luchaba por dejar de ser humilde.

Yo acabé el Bachillerato tres años después, cuando ya no había acequias, ni cañaverales, ni drogadictos alrededor de mi Instituto. El horizonte ya no eran raíles por los que hacer equilibrios.

Supe por casualidad, que la vida le fue bien, que estudió derecho y se casó con un prestigioso abogado de buena familia.

Que viven en una bonita zona residencial y tienen 3 hijos y un barco, que no son nada futboleros.
Me alegré por ella y por sus padres.

Cada vez que por azar o descuido algún resumen del Valencia invade televisivamente su vida, se sigue acordando de aquel inmaduro gilipollas que sigo siendo, aquel con el que lo más cerca que del amor estuvo, fueron las dos avalanchas en las que nos abrazamos como celebración de los goles, allí en el fondo norte de Mestalla, muy cerquita de la Yomus.

Me gusta pensar que aún me recuerda.

Yo nunca la he olvidado.

Se llamaba General de Pie.

Jose Carlos Fernández Haba.
Socio del Valencia.

dimarts, 29 d’agost de 2017

LA VEZ PRIMERA





Mamá cierra la puerta del coche, su gran preocupación es que mi pequeño no pase frío.

Daniel olvidará todo esto. No recordará las últimas instrucciones… con cuatro años y medio, las palabras de mami quedarán diluidas en el pozo de los no-recuerdos: “abróchate bien la chaqueta”, “Si tienes hambre pídele a papá el bocadillo”, “si te cansas, se lo dices a papi y él me llama y vengo a buscaros en seguida, ¿eh?”…

Pero mi pequeño no escucha nada de esto, no está prestando atención a estas vitales instrucciones, sus ojos miran a otra dirección: es de noche y entre los edificios casi sin luz, se intuye una silueta casi mágica, pintada de negro y naranja.

 Los ojos de Daniel sólo miran Mestalla.

Daniel olvidará el paseo por los alrededores…
-¿Quiénes son esos, papi?
-Son jugadores muy, muy buenos del Valencia… mira “El Piojo” (Daniel sonríe “¿un piojo?”) y ése es Mundo que metió muchísimos goles y Cañizares que era un portero muy bueno y ése es Kempes (“ooooh, Keeempes, ése era buenísimo, ¿verdad?”).

Daniel olvidará que tampoco hoy hay un ambiente extraordinario, Daniel no recordará porque apenas le importa, que el partido es algo más que intrascendente, un partido de vuelta de Copa del Rey en una eliminatoria muy preliminar y prácticamente sentenciada. Sólo hay una curiosidad interesante en el partido: La primera visita del Leganés a Mestalla...Pero a un pequeñajo de cuatro años y medio, eso le importa más bien poco.

Daniel olvidará la rampa de subida hacia la localidad, fila tal, asiento cual. Seguramente nunca recuerde que hoy el papi no va dónde siempre, sino que aprovechando una desesperada oferta del club, vamos a una localidad más calentita y protegida del frío… Daniel no sabe nada de esto, (ni tampoco que era condición obligatoria por parte de mamá para poder ir)…

Daniel ya ha olvidado que no es la primera vez que pisa Mestalla: el césped, en una feria de marketing, pero ya no se acuerda… por eso, cuando atraviesa la puerta del vomitorio, abre los ojos muy fuerte… ”!!!Halaaaa… qué grande… y que verde... ostraaas!!!”

Daniel olvidará al murciélago-mascota que anima los prolegómenos y las conversaciones de los (pocos) vecinos de localidad. A Daniel no le importa en absoluto saber ni de la intrascendencia del partido ni de la delicadísima situación del Valencia, al borde del colapso institucional y en una situación deportiva tan desastrosa que sólo los más viejos del lugar atisbamos a recordar…

Daniel no sabe nada de ésto, porque, básicamente, no me lo ha preguntado, porque, básicamente, no le importa en absoluto, a él sólo le importa ver al Valencia jugar en Mestalla.

Suena la banda de música que toca los acordes del pasodoble y los jugadores saltan al campo… “¡Mira, Papi! ¡Es el Valencia!” sonríe mientras aplaude con timidez…




Yo lo he olvidado.

Olvidé la azarosa razón por la que yo, a punto de cumplir seis años, pude utilizar el pase reservado en riguroso turno a mis dos hermanos. Sospecho que fue una varicela, oportunamente contagiosa la que me permitió entrar, por primera vez en la mágica rotación.

Confieso que he olvidado el camino aquella tarde hacia el Luis Casanova, supongo que andando por Jacinto Benavente primero y por los cuarteles de Aragón luego, hasta la Avenida de Suecia… supongo que haría sol y la tarde sería templada y calurosa. Es más que probable que al entrar alquiláramos una almohadilla, de color verde oscuro. Seguro que mi madre me dijo que luego habría que devolverla a la salida (aunque había gente que la había comprado y la traía desde casa) y mi padre sonreiría, sabiendo que esa almohadilla muy probablemente íba a ser devuelta, ciertamente, pero al vuelo en otra dirección…

No me importaba nada más que jugábamos contra Las Palmas. No tenía ni la más remota idea, del hecho, que veníamos de una apasionante eliminatoria Europea contra el Manchester United y que el equipo estaba concentrado en otros menesteres… Todo eso lo supe muchos años después, sólo me preocupaba ese extraño olor a puro que respiraba en el viejo estadio y los murmullos de nuestra localidad acerca de si hoy jugaría o no un tal “Kempes”.

He olvidado que era 20 de Septiembre, sí recuerdo el año: 1982. Olvidé la alineación aunque sí recuerdo que los nombres de aquellos jugadores que ya habitaban en mi imaginario, pronunciados en la megafonía y ahora encarnados frente a mí, me resultaron de una impresión más que notable… ¡mi primera alineación en el Luis Casanova!: Sempere, Carrete, Botubot, Tendillo, Arias, Castellanos, Saura, Solsona, Roberto, Idígoras y Kempes.

Pero nunca olvidaré
y mi hijo Daniel tampoco lo hará, pues lo veo reflejado en sus ojos…

La sensación de una primera vez en el viejo Luis Casanova.

El verde del césped, el sonido del balón al ser golpeado.

El silencio, el murmullo, el eco del aplauso que rebota contra la grada de cemento.

El “uuuyyyy” al unísono, el comentario chillón, la protesta excesiva.

La camiseta, blanca, con un escudo de color y un murciélago en el pecho.

Lo grande,

Lo enorme

Que es Mestalla.

Sergi Calvo
Socio y accionista del Valencia C.F.